Cuento
El curso estaba a punto de
comenzar, y Cony la conejita estaba asustada porque ese año iría a una escuela
nueva. Tanto, que el día de antes cavó una profunda madriguera y se
encerró en ella.
- Yo no salgo de aquí. Seguro
que hay animales malos en el nuevo cole. Y maestros que asustan.
Así que llamaron a la tía
Eleonora, su madrina. Ella siempre sabía qué hacer.
- No te preocupes, Cony. Te
llevaré a varios colegios para elijas aquel en el que la gente te parezca más
amable.
Convencida la conejita, a la
mañana siguiente visitaron una escuela con una pinta espantosa. Tanto, que
junto a la puerta había un vendedor de púas de erizo en llamas, tufo de mofeta
y cuernos de toro.
- No entres ahí sin estas
armas -dijo el vendedor-. Podría pasarte cualquier cosa.
Cony compró de todo y entró
con mucho cuidado. Efectivamente, ahí no había nadie amable. Ni siquiera los
cervatillos ni los koalas. Nadie le decía nada y Cony sentía que todos la
miraban esperando el momento de atacarla. En toda la visita no tuvo ni un
segundo de tranquilidad.
- ¡Qué escuela tan horrible,
tía! - dijo cuando salieron. - Espero que la de mañana sea mejor.
Sin embargo, la cosa no
parecía mejor en la segunda escuela. Otro vendedor vendía productos para
protegerse. Le recomendó los dientes amenazantes y el caparazón
guardaespaldas, y Cony se los puso y entró a la escuela esperando lo peor…
Pero nada más entrar un
pequeño erizo se acercó a saludarla y se mostró muy simpático. Al poco un mono
llegó sonriendo y le dio un gran abrazo. Así fue recorriendo la escuela rodeada
de animales encantadores.
Pero Cony era muy lista, y
pronto descubrió algo raro.
- Este lugar se
parece mucho a la escuela que visitamos ayer. Y a alguno de estos animales ya
lo he visto antes… Creo que todo esto es una trampa, ¡se hacen los simpáticos
para atacarnos!
- Pero qué lista eres, sobrina
- dijo Eleonora- no hay forma de engañarte. Pero no es ninguna trampa…
mírate en ese espejo.
La conejita fue a mirarse. Los
dientes amenazantes que había comprado no daban ningún miedo. Al contrario,
parecía que Cony tenía una grandísima sonrisa. Además, detrás de su caparazón
había un mensaje que decía “Me encantan los abrazos” y un pulgar hacia arriba.
La verdad es que tenía un aspecto adorable.
- Mira ahora la foto que te
hice ayer- siguió su tía, mostrándole la pinta que tenía con sus púas de
erizo encendidas, su cara seria y su cuerno de toro.
- Vaya. Dan ganas de salir
corriendo solo de verme - dijo Cony.
- Y eso es lo que pasó,
cariño. Ayer no fueron amables porque tú no parecías nada amable.
Pero
hoy, esos mismos niños están encantados de estar y jugar contigo porque pareces
mucho más simpática…
Cony entendió enseguida la
trampa de su tía, y fue corriendo a ver al vendedor de la puerta, que no era
otro que su papá disfrazado. Le dio un gran beso y le dijo:
- Gracias, papá, ya no
tengo miedo de ir al cole. Ahora sé que yo misma puedo ayudar a que todos sean
mucho más amables conmigo.
Eso sí, por si acaso, guardó
en un bolsillo sus dientes amenazantes, por si algún día le costaba un poco más
sonreír.

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